Me ha mandado un amigo un pensamiento de un teólogo medieval Guillermo de S. Thierry: Dios ha visto que su grandeza –a partir de Adán– provocaba resistencia; que el hombre se siente limitado en su ser él mismo y amenazado en su libertad. Por lo tanto, Dios ha elegido una nueva vía. Se ha hecho un niño. Se ha hecho dependiente y débil, necesitado de nuestro amor. “Ahora –dice ese Dios que se ha hecho niño– ya no podéis tener miedo de mí, ya sólo podéis amarme”.
“Ya sólo podéis amarme”, “ya sólo podéis sentiros amados, queridos, mirados” ¡Dios mío¡ si así viviéramos nuestro día a día. Benedicto XVI dedicó uno de sus audiencias generales a este teólogo, que fue el biógrafo de S. Bernardo de Claraval, y nos presentaba la convicción fundamental de este monje benedictino: a cada ser humano se le encomienda una sola tarea: aprender a querer, a amar de modo sincero, auténtico y gratuito. Pero sólo en la escuela de Dios se realiza esta tarea y el hombre puede alcanzar el fin para el que ha sido creado.
